Por Julio Zenón Flores / Trasfondo
En política no hay casualidades y, cuando un personaje con
la trayectoria, relaciones e información que tiene Ángel Aguirre Rivero es
detenido dos días después de que pide públicamente, que el gobierno federal
aplique en Guerrero la Operación Enjambre y advierte que Omar García Harfuch
conoce bien el estado y sabe de la relación que algunas autoridades municipales
han mantenido con grupos criminales, resulta inevitable preguntarse si su
detención fue solamente la consecuencia de una investigación que llevaba años
en curso o si, además, hubo alguna preocupación por lo que el exgobernador
pudiera comenzar a decir en público.
Aguirre no estaba hablando de cualquier cosa. Estaba
hablando de seguridad, de autoridades municipales y de posibles vínculos con
organizaciones criminales, y lo hacía mencionando directamente a Harfuch, un
funcionario que conoce Guerrero y que tuvo responsabilidades de seguridad
precisamente durante los años en que ocurrió la desaparición de los 43
normalistas de Ayotzinapa. Dos días después, la Fiscalía General de la
República ejecutó una orden de aprehensión en su contra por su presunta
responsabilidad en delitos relacionados con el ocultamiento de evidencias de
aquel caso.
La investigación de la FGR tendrá que seguir su curso y
corresponderá a los tribunales determinar si las acusaciones se sostienen. Eso
no está a discusión. Lo que sí merece una lectura política es el momento en que
ocurre la detención, porque Aguirre seguía siendo un personaje con capacidad de
interlocución en Guerrero, particularmente en Acapulco y en las dos costas,
donde conserva relaciones construidas durante décadas y donde una recomendación
suya todavía puede tener algún peso entre grupos y liderazgos regionales.
Por eso tampoco puede separarse este episodio de la disputa
interna de Morena por la coordinación estatal de los trabajos de la Cuarta
Transformación. Aguirre no necesitaba aparecer en un templete ni declararse
públicamente a favor de uno u otro aspirante para influir; bastaba con que
comenzara a mover sus relaciones y a expresar preferencias para modificar,
aunque fuera parcialmente, los equilibrios entre quienes hoy buscan encabezar
ese proceso.
Y aquí aparece una posibilidad que no debe descartarse: que
alguien dentro del gobierno federal, o en el ámbito estatal con suficiente
influencia hacia el ámbito federal, haya considerado incómoda la posición que
Aguirre comenzaba a asumir y haya interpretado su llamado a la Operación
Enjambre como algo más que una recomendación de seguridad, particularmente si detrás
de ella existía la posibilidad de que el exgobernador estuviera dispuesto a
hablar de lo que conoció durante su administración y hacer una extrapolación a
la actualidad.
Porque un exgobernador conoce nombres, relaciones,
operadores, acuerdos y conflictos que difícilmente aparecen en un expediente
oficial. Y si Aguirre estaba dispuesto a hablar públicamente de la relación
entre autoridades municipales y grupos criminales, también es razonable
preguntarse si alguien pudo pensar que era mejor que cualquier información
adicional la entregara en privado ante la Fiscalía y no frente a los
micrófonos.
Hay otra posibilidad todavía más delicada: que la detención
no busque necesariamente impedir que Aguirre hable, sino cambiar las
condiciones en las que lo hará. Lo que diga ahora tendrá que pasar por el
filtro de un hombre sometido a proceso penal, cuya credibilidad política puede
ser cuestionada con mucha mayor facilidad que la de un exgobernador hablando
libremente en medios de comunicación.
El antecedente de Pedro Segura obliga, además, a recordar
que no sería la primera vez que una figura con aspiraciones políticas y
capacidad económica para construir una campaña termina enfrentando una
intervención de la FGR justo cuando comienza a elevar el tono de su actividad
pública. Segura llegó a hablar de una gran campaña por la gubernatura y de
convertir Guerrero en un Dubai; después fue detenido bajo acusaciones de
presuntos vínculos con el crimen organizado y liberado pocas horas más tarde,
sin que públicamente quedara una explicación suficiente sobre lo ocurrido. A
partir de entonces redujo notablemente su protagonismo en Guerrero y prefirió
pasar mucho más tiempo en Estados Unidos, donde también tiene nacionalidad, que
en México.
El antecedente permite plantear una pregunta: ¿hasta
dónde puede utilizarse una institución como la Fiscalía General de la República
para contener políticamente a personajes con influencia que no necesariamente
se pliegan a los intereses de Morena?
La pregunta es pertinente porque una Fiscalía debe perseguir
delitos, no administrar equilibrios electorales. Si existen pruebas contra
Aguirre, debe responder por ellas; si existen elementos contra cualquier otro
personaje, también. Lo que no sería aceptable es que una investigación penal se
convierta en una herramienta para sacar del escenario a un actor político
porque sus relaciones, sus declaraciones o su capacidad de influencia resulten
incómodas para quienes tienen el poder.
Y mientras se aclara esa parte, la detención ya está
produciendo efectos políticos.
Las fotografías de Aguirre con Beatriz Mojica, Esthela
Damián y otros personajes comenzaron a circular como munición en redes
sociales, intentando convertir relaciones políticas de otros tiempos en
responsabilidades actuales. Mojica, por cierto, había declarado apenas una
semana antes, en el programa Círculo, que llevaba años sin hablar con
Aguirre. Ese deslinde adquiere relevancia porque demuestra hasta qué punto el
expediente del exgobernador comenzó a utilizarse inmediatamente para golpear a
quienes participan en la contienda interna de Morena.
En cuanto a Félix Salgado Macedonio, quien quedó fuera de la
competencia por la coordinación estatal, pero nadie puede dar por descontada su
salida del juego político y es público que conserva estructura, seguidores y
capacidad de interlocución, y que todavía existe la duda sobre si aceptará
permanecer dentro de Morena en las condiciones que le fueron impuestas o si
buscará alguna otra forma de conservar influencia.
Aguirre también tenía capacidad de influencia, aunque desde
otra posición y con otra red de relaciones. Por eso su detención modifica el
escenario, independientemente de que haya sido ésa o no la intención de quienes
ejecutaron la orden.
Y quizá ahí esté el punto central: no hace falta demostrar
una conspiración para reconocer que una detención de esta naturaleza tiene
consecuencias políticas. Lo que corresponde ahora es observar a quién
benefician esas consecuencias, quién pierde capacidad de operación, qué grupos
regionales comienzan a moverse y cuáles de los aspirantes a la coordinación
estatal terminan recogiendo los apoyos que antes podían encontrar en otros
espacios.
La otra pregunta es qué ocurrirá con lo que Aguirre sabe.
Veremos si durante el proceso aparecen declaraciones sobre
las relaciones entre autoridades, grupos criminales y estructuras políticas de
Guerrero y si el expediente adquiere una dimensión mucho mayor que la que hoy
conocemos.
Habrá que poner atención si Aguirre tiene información
relevante sobre hechos criminales o sobre la actuación de autoridades durante
los años en que gobernó Guerrero y si la detención termina siendo utilizada
para desacreditarlo, silenciarlo o impedir que sus relaciones políticas tengan
algún efecto en la sucesión de Morena.
No se trata de defender a Aguirre ni de cuestionar que la
Fiscalía investigue. Se trata de exigir que la justicia y la disputa política
permanezcan separadas.
Ayotzinapa merece que se conozca la verdad y que quienes
resulten responsables respondan ante la justicia. Guerrero merece también que
quienes aspiren a gobernarlo puedan competir en condiciones democráticas, sin
que una institución encargada de perseguir delitos termine convertida en
árbitro de las relaciones políticas.

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