Por Julio Zenón Flores / Trasfondo informativo
A veces, solo a veces, no se necesita levantar la voz, para terminan revelando mucho más de la estrategia política de quien sabe de ese tema. Eso ocurrió con Beatriz Mojica durante la extensa entrevista que concedió el pasado jueves a El Círculo, un programa de televisión conducido de por cuatro conocidos periodistas de Guerrero.
Ante las incisivas preguntas de Roberto Ramírez, Julio Zenón, Isaac Flores y Claudio Vargas, la única consejera nacional de los 17 aspirantes a la coordinación estatal de la 4T, más allá de defender su trayectoria al responder, dejó sembrada una idea que no parece producto de la improvisación, sino de una lectura muy calculada del momento que vive Morena en Guerrero.
Su planteamiento fue sencillo, pero cargado de significado: si la encuesta se realiza en septiembre, como originalmente está previsto, o si termina recorriéndose hasta diciembre, como ya empiezan a especular algunos actores políticos, el resultado prácticamente no cambiará porque, según su experiencia, en procesos de esta naturaleza las posiciones se consolidan mucho antes de que llegue el día de la definición.
En realidad, esa es una manera de decir que la competencia ya entró en una etapa donde el tiempo dejó de ser un aliado para quienes buscan alcanzarla, porque quien hoy aparece adelante seguirá adelante mientras todos continúen caminando el territorio al mismo ritmo. Una declaración muy parecida a la que hizo este domingo la presidenta de la Comisión Electoral de Morena, Citlali Hernández: lo que los aspirantes no hicieron en sus años anteriores, no lo lograrán da un día para otro, por lo cual pidió no caer en la desesperación.
Dicho de otra forma, Beatriz no solamente está defendiendo su aspiración legítima, sino que está intentando instalar la percepción de que la encuesta ya tomó un rumbo y que, por más semanas o meses que se prolongue el proceso interno, difícilmente habrá un vuelco en las preferencias.
Y cuando un aspirante intenta convencer a los demás de que el reloj ya no modifica las posiciones, en realidad está enviando un mensaje mucho más profundo a quienes siguen en la competencia: "ya no basta con esperar; si quieren cambiar el desenlace tendrán que provocar algo extraordinario", lo cual, dada la estricta vigilancia del proceso, no solo por la cúpula morenista, sino también por la propia presidenta Claudia Sheinbaun, la militancia y la propia ciudadanía, pues ya se vio que el proceso desbordó al partido, será sumamente difícil.
Quizá por eso tampoco resulta casual que, al abordar el tema de la guerra sucia, haya optado por no responder ataque por ataque, ni dedicar tiempo a desmentir cada versión que circula en redes sociales o en los corrillos políticos. Su estrategia fue otra: convertir el golpeteo en un indicador político.
En pocas palabras, vino a decir que si los ataques arrecian es porque alguien considera que representa un obstáculo serio en la contienda. Esa es una narrativa muy usada en la praxis política actual, pero no deja de ser efectiva, porque desplaza la discusión del contenido de los señalamientos hacia el origen de los mismos y termina colocando a quien los recibe en el papel de adversario principal.
Sin embargo, hubo un matiz que vale la pena subrayar. Beatriz no presumió encuestas y en su lugar mostró su currículum, recordando que, a diferencia de otros señalamientos que pueden formar parte del debate político, nadie la acusa de corrupción, de enriquecimiento inexplicable o del uso indebido de recursos públicos. Esa carpeta limpia sobre la mesa, es un arma poderosa, en un proceso donde la propia dirigencia nacional de Morena ha insistido en que todos los aspirantes serán sometidos a revisiones patrimoniales, de antecedentes y de comportamiento público antes de integrar la encuesta definitiva.
Es decir, mientras otros buscan demostrar fuerza política, ella intenta proyectar solvencia ética. Hasta ahí, la estrategia luce consistente. Claro que, lo interesante aparece cuando esa narrativa se confronta con la realidad del proceso.
Porque si las posiciones ya están prácticamente definidas, como sostiene la senadora con licencia, entonces cuesta trabajo explicar por qué el ambiente interno sigue elevando la temperatura conforme pasan los días. Las adhesiones continúan, los mensajes entre líneas se multiplican, las operaciones políticas no se detienen y la guerra sucia, lejos de disminuir, parece intensificarse.
La respuesta puede encontrarse precisamente en el terreno de las percepciones.
Veamos de cerca, esa parte oscura de la luna.
Mientras Beatriz busca convencer de que el tiempo ya no altera el orden de los factores, sus adversarios parecen apostar exactamente a lo contrario: que todavía existe margen para mover la encuesta, para desgastar liderazgos, para construir nuevas alianzas o para provocar errores que cambien el ánimo de quienes finalmente responderán el teléfono cuando las casas encuestadoras hagan su trabajo, simplemente porque esa es la esencia de toda contienda interna.
La verdad es que basta observar de conjunto a los 17, para darse cuenta que unos quieren que el proceso termine cuanto antes porque consideran que ya hicieron lo necesario, o sencillamente, porque ya se les acabaron los ahorros, porque no hay que olvidar que en este proceso no se permitieron ni donaciones, ni uso de recursos públicos y en eso tanto la federación como el estado y los municipios, estuvieron más que restringidos y hasta afectados por la austeridad colateral.
Otros, los menos, necesitan que el calendario siga corriendo porque confían en que todavía hay espacio para crecer. Y en medio de esas dos visiones aparece una tercera variable que rara vez se menciona, pero que suele definir muchas candidaturas: la percepción de inevitabilidad.
Nadie ignora que cuando un aspirante logra convencer a la clase política de que su triunfo es cuestión de tiempo, comienzan a moverse las lealtades, aparecen las adhesiones y no faltan quienes, por simple instinto de supervivencia, empiezan a cambiarse de lancha antes de que se haga de noche.
Quizá por eso la declaración de Beatriz no estuvo dirigida únicamente a la militancia, sino que también fue un mensaje para quienes todavía están haciendo cuentas y sus números nomás no les cuadran.
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