Guerrero, bajo la lupa
Evelyn Salgado llega al cierre de su quinto año de gobierno y aunque sin duda el tiempo la coloca a las puertas del tobogán del principio del fin, lo hace con un dato políticamente relevante: 60.8 por ciento de aprobación y el segundo lugar en el Ranking de Gobernadores de México.
El número merece atención, pero no reverencia.
Una encuesta favorable es una fotografía del momento, no el balance definitivo de un gobierno. Y en Guerrero, donde los problemas estructurales son enormes y la percepción ciudadana suele moverse entre la esperanza y el desencanto, conviene mirar más allá del porcentaje.
Lo que sí puede reconocerse es que la administración de Salgado Pineda ha conseguido algo que no siempre resulta sencillo en Guerrero: mantener la gobernabilidad. El diálogo con grupos sociales, la coordinación institucional y la capacidad de contener conflictos han permitido evitar que buena parte de las tensiones políticas y sociales escalen hasta convertirse en crisis mayores.
Pero gobernabilidad no significa necesariamente que los problemas estén resueltos.
En turismo, por ejemplo, Guerrero conserva en Acapulco, Ixtapa-Zihuatanejo y Taxco sus principales cartas económicas. La recuperación del puerto después de Otis ha sido un proceso largo y todavía incompleto. Hay avances, sí, pero también pendientes que no desaparecen porque una encuesta otorgue una buena calificación.
En infraestructura carretera ocurre algo parecido. Rehabilitar caminos y mejorar la conectividad es indispensable para un estado cuya geografía convierte las carreteras en una condición básica para el desarrollo. El reto es que las obras lleguen también a las comunidades más alejadas y no se concentren solamente donde tienen mayor visibilidad política.
En salud, el desafío es todavía mayor. Construir, rehabilitar o anunciar infraestructura no basta si el ciudadano continúa enfrentando falta de medicamentos, especialistas, equipo o atención oportuna. La calidad de un sistema de salud se mide en la puerta de los hospitales y centros de salud, no en los comunicados oficiales.
Y está el asunto de la transparencia.
Aquí tampoco sirven las buenas intenciones como sustituto de resultados. El combate a la corrupción se acredita con expedientes, sanciones cuando corresponden, cuentas claras y recursos públicos perfectamente rastreables. En un estado acostumbrado durante décadas a cuestionamientos sobre el manejo del dinero público, la rendición de cuentas debe ser una práctica cotidiana, en lo que Salgado Pineda sentó las bases, tras décadas de opacidad. El reto es si podrá tener continuidad en el próximo sexenio y si lo mantendrá ella misma en el "año de Hidalgo".
Por eso, el segundo lugar nacional en aprobación debe leerse con pinzas.
Es una fortaleza política para Evelyn Salgado rumbo a la recta final de su administración, pero también una responsabilidad. Un gobierno con 60.8 por ciento de aprobación tiene menos margen para justificar aquello que todavía no funciona y más obligación de entregar resultados en los asuntos que siguen lastimando a los guerrerenses.
El quinto año, entonces, puede cerrarse con números favorables y avances concretos, pero el verdadero juicio todavía está pendiente.
Porque la historia de un gobierno no la escribe el ranking de un día.
La escriben las carreteras que quedaron, los hospitales que funcionan, las escuelas que mejoraron, los empleos que se generaron, la seguridad que pudo garantizarse y, sobre todo, la manera en que los ciudadanos recuerden su vida cotidiana después de seis años.
El verdadero desafío de la gobernadora es trascender lo que viene. El año de Hidalgo y la sucesión.
De eso hablaré mañana

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