Trasfondo Informativo / Julio Zenon Flores
Para Abelina López Rodríguez, la semana pasada tuvo algo más que dos pronunciamientos favorables, tuvo dos respaldos políticos que llegaron en un momento particularmente importante de su recorrido hacia 2027, porque mientras la presidenta nacional de Morena, Ariadna Montiel Reyes, y el dirigente estatal del partido, Jacinto Gonzalez Varona, la describieron como una mujer honesta y de lucha, la alcaldesa de Acapulco viene de un periodo largo en el que su imagen pública fue sometida a un intenso desgaste, al grado de que una parte de la opinión pública guerrerense terminó asociándola con la acusación de un presunto manejo irregular de 900 millones de pesos y con la versión de que se había negado a ser auditada por la Auditoría Superior del Estado.
En ese contexto, que dos de los principales referentes de Morena, uno desde la conducción nacional y otro desde la dirección estatal, decidieran colocar públicamente la palabra honestidad junto al nombre de Abelina no puede ser visto como un detalle menor, porque justamente esa es la zona más vulnerable que sus adversarios habían intentado explotar durante meses.
Para una política que pretende competir por la candidatura de Morena a la gubernatura, que desde la dirigencia nacional y desde el partido en Guerrero se diga que es una mujer honesta constituye, por supuesto, una especie de miel política, particularmente después de haber soportado una campaña de señalamientos que buscó instalar la percepción de que detrás de su administración municipal existía un problema de corrupción relacionado con esos 900 millones de pesos.
El asunto, además, tiene una característica peculiar: la defensa no provino de uno de sus colaboradores, ni de un integrante de su equipo, ni de alguien directamente interesado en su candidatura, sino de dos dirigentes partidistas colocados en posiciones desde las cuales sus palabras tienen un peso distinto.
Ariadna Montiel representa la conducción nacional de Morena y Jacinto González Varona la estructura formal del partido en Guerrero.
Eso le permite a Abelina utilizar esas declaraciones como una especie de contrapeso político frente al desgaste que ha venido acumulando.
Pero hay algo más interesante en el fenómeno Abelina.
Mientras otros aspirantes han construido su recorrido acompañados por personajes conocidos, dirigentes, legisladores, funcionarios, alcaldes o grupos políticos que sirven como amplificadores de sus mensajes, López Rodríguez parece estar haciendo buena parte de su recorrido prácticamente sola.
Va por el estado y habla directamente con ciudadanos, militantes y simpatizantes, sin que a su lado aparezcan necesariamente figuras de peso que le hagan eco.
Y eso puede ser una debilidad, pero también puede convertirse en una fortaleza narrativa.
Su campaña, al menos en esta etapa, está descansando en ella misma.
En su historia política, en su discurso de lucha, en la defensa de su honestidad y en la explicación de lo que considera sus principales resultados como presidenta municipal de Acapulco.
Ahí aparece otro elemento que puede resultar relevante cuando llegue la hora de la encuesta: Abelina no está intentando convencer solamente con promesas sobre lo que haría desde el gobierno estatal, sino que está llevando al interior del estado una especie de balance de lo que, según ella, consiguió al frente del Ayuntamiento de Acapulco.
Habla de deudas institucionales resueltas, de saneamiento financiero y de recursos destinados al saneamiento de una ciudad que durante años acumuló problemas estructurales.
Su apuesta consiste en transformar la discusión de la percepción a los resultados. El problema es que la percepción tiene memoria y durante meses se repitió la acusación relacionada con los 900 millones de pesos y, aunque jurídicamente una acusación política no equivale a una responsabilidad acreditada, políticamente sí puede dejar huella. Una parte de la población puede recordar el señalamiento mucho después de haber olvidado las explicaciones.
Por eso las palabras de Montiel y González Varona llegan en un momento particularmente oportuno para la alcaldesa y aunque no necesariamente borran el episodio, si ayudan a modificar el marco desde el cual se interpreta su figura.
De pronto, la mujer que había sido colocada por sus adversarios bajo la sospecha pública de un manejo irregular aparece defendida por dos dirigentes de Morena precisamente con los atributos que necesita para sostener su aspiración: honestidad y lucha.
Sin embargo, la duda sigue abierta, porque una cosa es que la dirigencia partidista reivindique su imagen y otra que esa reivindicación se traduzca en crecimiento dentro de la encuesta.
Abelina necesita que la defensa de su honestidad no se quede en el discurso de los dirigentes, sino que consiga convertirse en confianza ciudadana, particularmente fuera de Acapulco, donde su administración es menos conocida y donde necesita explicar por qué considera que su experiencia al frente del principal municipio del estado la hace una opción viable para gobernar Guerrero.
Y quizá también sea el comienzo de una nueva etapa de su estrategia: dejar de defenderse de las acusaciones y empezar a hablar, con mayor fuerza, de lo que considera sus resultados.
Porque si consigue que la discusión deje de ser los 900 millones y pase a ser lo que hizo con Acapulco, entonces habrá conseguido algo políticamente importante: cambiar la pregunta que los guerrerenses se hacen sobre ella.

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