Por Julio Zenón Flores
Los 17 aspirantes de Morena Sí en Guerrero a la cordinación de la defensa de la Transformación y de la soberanía, deberían irse un rato al cine y ver Toy Story 5. En ese mundo, no son los juguetes los que han cambiado. Cambió el mundo. Woody, Buzz y Jessie descubren que ya no compiten entre ellos por la atención de Bonnie; ahora lo hacen contra una tableta inteligente llamada Lilypad. El conflicto no es la tecnología. El verdadero drama es la incapacidad de los juguetes para entender que las reglas del juego dejaron de ser las mismas.
Algo parecido ocurre hoy en el interior de Morena de Guerrero.
Mientras Morena presume ser el partido de la transformación, buena parte de quienes aspiran a la candidatura para la gubernatura en 2027 siguen haciendo política como si estuviéramos en 2018. Inundan espectaculares, organizan desayunos, recorren colonias para la fotografía, publican selfies todos los días y miden su fuerza por el número de lonas o por los aplausos de sus propios equipos.
No han entendido que el electorado ya cambió. Se niegan a aceptar que las redes sociales modificaron la manera de consumir información. Hoy los jóvenes desconfían de la propaganda tradicional. Los algoritmos sustituyeron a los viejos operadores territoriales como generadores de conversación. La credibilidad vale más que la omnipresencia. Y una narrativa auténtica puede derrotar presupuestos millonarios en publicidad.
Paradójicamente, las propias reglas internas de Morena apuntan en esa dirección. El partido insiste en evitar actos anticipados de campaña, la promoción personalizada y el dispendio propagandístico. La competencia, al menos en el discurso, debería centrarse más en el trabajo político y menos en el marketing personal.
Sin embargo, muchos aspirantes parecen haber entendido el reglamento únicamente como una lista de prohibiciones, no como una invitación a cambiar de paradigma.
Siguen creyendo que comunicar consiste en aparecer mucho y sonrientes; que hacer territorio equivale a subir cien fotografías o más y que que posicionarse es repetir su nombre hasta el cansancio.
Es la misma lógica de Woody intentando convencer a Bonnie de jugar con él mientras la niña ya vive en otro universo.
La verdadera disputa rumbo a 2027 probablemente no será entre los aspirantes visibles. Será entre dos formas de entender la política.
Una seguirá apostando por la publicidad tradicional, los eventos multitudinarios, las estructuras corporativas y la promoción personal disfrazada de informes.
La otra comprenderá que la conversación digital no se controla; se construye. Que las comunidades virtuales pesan tanto como las territoriales. Que la ciudadanía ya no busca al político perfecto, sino al que parezca más cercano, más útil y más creíble.
La historia demuestra que quienes no leen los cambios terminan convertidos en piezas de museo.
Los juguetes de Toy Story 5 sobreviven cuando entienden que no pueden vencer a la tecnología, sino encontrar un nuevo papel dentro de ella y quizá esa sea también la lección para la clase política guerrerense.
Porque está más que probado que la elección de 2027 no se decidirá únicamente en las plazas públicas, ni en los espectaculares, ni en los templetes, sino en un terreno donde muchos todavía no saben jugar.
Y, como Woody descubrió demasiado tarde, no basta con haber sido el juguete favorito si nunca entendiste por qué dejaron de elegirte.


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