Por Julio Zenon Flores / Trasfondo Informativo
Desde el fondo, entre empujones, celulares en alto y el murmullo de una multitud que ya convirtió el ritual en costumbre, volvió a escucharse con claridad: “¡Gobernadora!... ¡Gobernadora!... ¡Gobernadora!”.
Abelina López Rodríguez giró apenas el rostro, sonrió con esa mezcla de cálculo y temple que exige la política de largo aliento, pero no se desvió del acto central: la seguridad. Otra vez ocurrió. Como en casi todos sus eventos públicos más concurridos de los últimos meses, el clamor espontáneo —o políticamente inducido, da igual— volvió a colocarla en el terreno donde realmente quiere jugar: la sucesión de 2027.
No fue un grito simplemente anecdótico. En Guerrero, ya sabemos que cada palabra en plaza pública siempre tiene un destinatario y una intención, nada es casual en este terreno envenenado de la política, donde una vez que lo pruebas optas por quedarte, por nunca retirarte.
La consigna, repetida en casi cada evento público, sea suyo, de la gobernadora o de funcionarios federales, empieza a dibujar una posibilidad que ya no puede tomarse a la ligera: Abelina quiere ser considerada, y está trabajando para ello, como una opción real para coordinar la Cuarta Transformación en el estado; es decir, la antesala natural de la candidatura de Morena a la gubernatura.
En el otro extremo de donde se toman las decisiones, cada vez toma más fuerza en los círculos políticos nacionales la versión de que la presidenta Claudia Sheinbaum observa con interés la posibilidad de mantener para Guerrero una candidatura femenina, especialmente si la evaluación de Evelyn Salgado Pineda sigue consolidándose como hasta ahora. La gobernadora ha logrado algo que parecía improbable en un estado históricamente atrapado entre crisis, violencia y desgaste institucional: construir una percepción de estabilidad, fortalecer políticas de protección a mujeres, sostener el motor turístico y mantener una imagen pública menos confrontativa que sus antecesores.
Y ahí es donde Abelina aparece, sea o no del círculo cercano a Salgado o a Sheinbaum.
La alcaldesa de Acapulco parece haber comprendido que, más allá de discursos ideológicos, su principal examen rumbo al futuro está en una palabra: seguridad.
No es casualidad. Según sus propios datos, el 70 por ciento de la población identifica la inseguridad como la principal preocupación familiar. Atender ese reclamo no solo representa una obligación de gobierno, sino una plataforma política de alto impacto.
En entrevista exclusiva al término de la inauguración de la rehabilitación de instalaciones policiales, Abelina puso sobre la mesa cifras que buscan sostener esa narrativa: de menos de 50 policías certificados en control y confianza, su administración pasó a más de 600; adquirió nuevas patrullas; transformó el antiguo C2 en un C4; instaló más de mil cámaras de videovigilancia; y remodeló infraestructura estratégica con una inversión superior a los 100 millones de pesos.
Lo que estamos viendo no es solo equipamiento. Es un fuerte mensaje mensaje, en un estado donde la seguridad es piedra de toque para definir reputaciones políticas, Abelina intenta construir una credencial distinta: la de una alcaldesa capaz de gobernar el municipio más complejo de Guerrero enfrentando el problema más sensible para la ciudadanía.
Su apuesta parece clara: si logra posicionarse como una mujer eficaz en seguridad, administración y operación territorial en Acapulco —el principal escaparate político del estado— podría entrar con mayor fuerza a la puja interna de Morena.
Claro que el camino no está despejado. Morena Guerrero es un espacio donde pesan múltiples factores: la cercanía con el proyecto presidencial, la relación con grupos internos, la operación territorial, la percepción ciudadana fuera de Acapulco y, sobre todo, la decisión final del centro, aderezada por patadas en las espinillas y el lanzamiento de lodo, como si fuera un deporte.
Abelina tiene activos: conocimiento público, estructura municipal, presencia mediática y una narrativa de resultados que intenta fortalecerse. Pero también enfrenta golpeteo: polarización local, desgaste natural del gobierno y su principal desafío es la necesidad de demostrar que su perfil puede trascender lo municipal para convertirse en liderazgo estatal.
Por ahora, lo cierto es que los gritos de “¡Gobernadora!” ya no son solo un eco de la plaza que se construyó a sí misma, sino el síntoma de que está midiendo si su nombre puede caber en la boleta, porque Abelina, por lo visto, ya decidió que quiere estar en esa conversación.

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