Por Julio Zenon Flores
La nueva edición del Tianguis Turístico revive la misma narrativa: cifras optimistas, proyecciones millonarias y la promesa de que el turismo será, ahora sí, palanca de bienestar. Acapulco no es la excepción. Menos aún en un año simbólico, con el regreso del evento a su origen por su 50 aniversario.
Se habla de una derrama de entre 300 y 500 millones de pesos en unos cuantos días. El número, en frío, suena contundente. Pero visto de cerca, el impacto es menos uniforme de lo que se presume. La mayor parte de ese flujo se concentra en hoteles de gran escala, restaurantes consolidados y proveedores que ya forman parte del circuito turístico formal. Fuera de ese perímetro, el efecto se diluye.
El otro dato —el de los “miles de millones” en negocios— es todavía más etéreo. No es dinero que circule de inmediato en el puerto, sino acuerdos, cartas de intención y expectativas. Una economía proyectada que depende de condiciones que Acapulco no siempre garantiza: seguridad sostenida, servicios eficientes, infraestructura en buen estado.
Ahí es donde el entusiasmo institucional tropieza con la realidad. El Tianguis es, sin duda, una plataforma de promoción relevante. Pero no es, por sí mismo, un mecanismo de redistribución. Sirve para posicionar destinos y cerrar tratos entre grandes jugadores, pero no asegura que ese dinamismo alcance a quienes viven al día del turismo y menos a los cinturones de miseria que cada vez son más anchos en la periferia del puerto y en la zona rural, por la distorsión del desarrollo "enturistado".
Iniciativas como “Ventana a México” y las photo oportunity buscan matizar esa distancia, abrir el evento a la calle y darle espacio a artesanos, cocineras y productores locales. El gesto es pertinente, incluso necesario. Es, podría decirse, un "intento de realidad", para ir más allá del espejismo, Pero también limitado si no hay continuidad. Un fin de semana activo no corrige temporadas enteras de baja ocupación.
En el fondo, la discusión no debería centrarse en cuánto deja el Tianguis, sino en cómo se reparte y cuánto permanece. Porque en Acapulco, el problema nunca ha sido la falta de eventos, sino la fragilidad de sus efectos.
Y en esa brecha, entre la cifra anunciada y el bolsillo real, es donde el turismo sigue siendo más promesa que resultado y, en mucho, el mismo discurso aburrido como el que hizo la subsecretaria de turismo federal esta tarde en Sinfonía, lleno de clichés y lugares comunes, para al fin de cuentas no decir nada, ni anunciar nada, aparte de reconocer la iniciativa de la presidenta Abelina López Rodríguez, de poner esos sets para tomarse fotos, que es lo único que se desparrama hacia la gente normal que recorre Acapulco, desde la mesa de los poderosos empresarios del turismo.

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