Por Julio Zenón Flores / Trasfondo informativo
Cuando Esthela Damián Peralta reveló, en la entrevista que
le hizo Trasfondo informativo este fin de semana, que la presidenta Claudia
Sheinbaum le dijo, desde el inicio de este proceso, que iba abajo en las
encuestas, soltó una granada de fragmentación sin el seguro puesto. Fue una
sola frase que puede cambiar la lectura de la presente elección de quien estará
al frente de la Coordinación estatal de Morena en Guerrero.
Durante meses, buena parte de sus críticos insistió en que
su cercanía con la presidenta la convertiría, tarde o temprano, en la candidata
de Morena al gobierno de Guerrero. La teoría del "dedazo
presidencial" parecía más fuerte que cualquier encuesta.
Por eso, la frase de marras fue una verdadera declaración política,
con la que la propia Esthela intenta ir desarmando ese argumento. Veámoslo de
cerca:
Si la presidenta le dijo que estaba abajo en las
preferencias, entonces el mensaje es claro: nadie le prometió la candidatura.
Lo que tenía por delante era una competencia real en la que arrancaba cuesta
arriba.
En Guerrero, la interpretación que hicieron quienes propagaron
que venía como enviada le dio un impulso, que algunos dicen la subió algunos
puntos en las encuestas de diagnóstico. Es decir, las creencias de sus adversarios
la beneficiaron.
A partir de ahora, Esthela deja de aparecer como la
aspirante que espera una decisión desde arriba y comienza a construir otra
imagen: la de una política que sabe que necesita ganar la encuesta.
Hay otro dato que ayuda a entender el momento.
Cuando ocurrió esa conversación, Esthela todavía no se había
instalado prácticamente de tiempo completo en Guerrero. Hoy el escenario es
distinto. Lleva más de un mes recorriendo municipios, reuniéndose con
liderazgos, construyendo estructura y buscando posicionarse. Es decir, haciendo
exactamente lo que haría cualquier aspirante que sabe que necesita crecer.
Esa revelación también coincide con una versión que, aunque
Morena no ha oficializado, cada vez se escucha con más fuerza en los círculos
políticos: que la encuesta interna ya no se levantaría en septiembre, sino
hasta diciembre.
Si eso termina ocurriendo, el tablero cambiará para todos.
Tres meses adicionales representan una oportunidad para
quien arrancó rezagado. Dan margen para acortar distancias, aumentar
conocimiento y consolidar presencia territorial.
Pero por otra parte, los aspirantes que hoy aparecen mejor
posicionados tendrán que sostener ese liderazgo durante más meses y todos
sabemos que mantenerse arriba resulta más complicado que llegar, pues las
campañas largas desgastan, generan expectativas, multiplican los errores y
obligan a sostener una presencia permanente. Lo que nos enseña la experiencia
es que no todos resisten ese ritmo.
Por eso, si la encuesta se recorre a diciembre, el beneficio
no será automático para nadie. Habrá quienes aprovechen el tiempo para crecer y
quienes lo padezcan por el desgaste.
Mientras tanto, la competencia ya hizo su propia selección
natural.
De los 17 personajes que levantaron la mano al abrirse el
registro, la mayoría se fue diluyendo. Algunos desaparecieron del debate
público casi de inmediato; otros mantienen presencia, pero sin alterar el curso
de la contienda.
Y todavía falta el tramo decisivo. Ahora lo que veremos,
seguramente, será una administración de los tiempos y tareas, porque si algo
dejó la declaración de Esthela es una idea que puede marcar el resto del
proceso: quien quiera ser candidato tendrá que ganar la encuesta y, si la
encuesta se aplaza hasta diciembre, como cada vez más versiones sostienen, la
carrera dejará de premiar únicamente a quien salió primero y empezará a
favorecer a quien llegue más fuerte al final.

0 Comentarios