En México, los políticos tienen una vieja obsesión: exhibir
fuerza. La fuerza de las multitudes. La fuerza de las encuestas. La fuerza de
los programas sociales. La fuerza de la marca. La fuerza de la estructura. La
fuerza del dinero. La fuerza de la narrativa. La fuerza de la autoridad. El
manotazo.
Por eso es inevitable detenerse en la imagen que Félix
Salgado Macedonio decidió publicar horas después de la sacudida electoral de
Coahuila: Lo vemos sentado en una máquina de gimnasio, con la barra sobre los
hombros, los bíceps tensos, la sonrisa intacta y un mensaje que parece dirigido
a sí mismo y a los suyos: "Más fuerte que nunca. ¡Ánimo arriba! Nunca es
tarde".
Félix, sin proponérselo o quizá sabiéndolo perfectamente,
terminó convirtiéndose en una metáfora.
Veamos por qué:
Mientras él mostraba músculos, Morena intentaba entender
cómo un partido que presume más de 12 millones de afiliados, que desplegó una
nueva estructura de comités seccionales y municipales bajo la conducción de
Luisa María Alcalde y Andrés Manuel López Beltrán, que gobierna el país y
administra la política social más amplia de las últimas décadas, que hace la
más intensa propaganda política e ideológica, todos los días, desde el palacio
nacional adoctrinando y dibujando al país que quieren que los mexicanos
imaginen, fue incapaz de evitar una derrota aplastante en Coahuila.
El PRI ganó los 16 distritos locales. Es decir, los ganó
todos y no por la mínima. Los ganó por una diferencia suficiente para que la
oposición que aspiraba a disputarle el territorio terminara reducida a la
impotencia. PAN, Movimiento Ciudadano y Partido Verde ni siquiera conservaron
el registro local.
El intento de Arturo Ávila, inventando una nueva narrativa
justificatoria, diciendo que Morena no perdió, porque no se puede perder lo que
no se tiene, es surrealista, sino es que patético. Por su ausencia de
autocrítica.
¿Todavía cree que esa derrota fue un accidente? O simplemente
evita revisar los espejos, para no darse cuenta de que Coahuila cuestiona una
de las grandes certezas del oficialismo: la idea de que la estructura es
destino. Que afiliar millones garantiza votos. Que los programas sociales
producen lealtades automáticas. Peor aún, que la marca Morena basta para ganar
elecciones y que la maquinaria sustituye a la política.
La verdad es que Coahuila obligó a preguntarse si Morena
fortaleció los músculos correctos, y es que mientras el partido celebraba
afiliaciones y construía comités, afuera crecían otros fenómenos más difíciles
de cuantificar: el desgaste natural del poder, la irritación acumulada, el
desencanto con ciertos gobiernos locales y un ambiente nacional marcado por
controversias como la defensa cerrada alrededor del gobernador Rubén Rocha
Moya, que para una parte de la opinión pública terminó erosionando aquella
superioridad moral que durante años fue uno de los activos más poderosos del
obradorismo.
Y, es difícil no darse cuenta de que eso no aparece en los
padrones, no se registra en una credencial y tampoco se resuelve repartiendo
cargos. Pero si se siente en la urna, a la hora de la votación.
Quizá por eso la fotografía de Félix adquiere un valor
literario inesperado. Un hombre de casi setenta años levantando peso para
demostrar que sigue vigente. Un político curtido enviando el mensaje de que aún
tiene fuerza para la batalla que viene. Pero, al mismo tiempo, una imagen que
obliga a preguntarse qué significa realmente ser fuerte en política. ¿Tener más
afiliados? ¿Más recursos? ¿Más encuestas? ¿Más comités? ¿Más músculo?
El PRI coahuilense respondió esa pregunta a su manera: la
fuerza no sirve de mucho si pierde capacidad de conexión con el ánimo social. Y
ahí está la verdadera advertencia que deja Coahuila para Guerrero y para el
país.
Un golpe de autoridad, una marca, puede mostrar músculo y
engañar a una parte de los ciudadanos, pero no siempre logra ganar elecciones,
si no conecta con el territorio. Ese es el verdadero músculo que Félix nos
quiere mostrar.

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