Por Julio Zenon Flores
Durante años, el Tianguis Turístico fue vendido como la gran vitrina de México ante el mundo, pero en muchas de sus ediciones recientes terminó convertido en una pasarela de élites, una burbuja de cocteles privados, salones blindados y protocolos diseñados más para el lucimiento de funcionarios y grandes consorcios que para dejar beneficios tangibles en la tierra que lo hospedaba.
Acapulco conoció bien esa historia. Fue sede emblemática, sí, pero también fue testigo de cómo el evento podía pasar entre alfombras, discursos y fotografías sin necesariamente tocar la realidad del puerto más allá de los hoteles sede.
Por eso, el Tianguis Turístico México 2026 marca una diferencia que no puede minimizarse: esta vez hubo operación política, gestión territorial y visión de aprovechamiento local. Y en ese cambio de lógica, la mano de la gobernadora Evelyn Salgado Pineda fue visible.
No se trató solamente de organizar un evento exitoso o de llenar agendas con citas de negocios. La diferencia estuvo en aterrizar anuncios, infraestructura y decisiones con impacto para Guerrero.
La colocación de la primera piedra del nuevo CICI representa mucho más que la recuperación de un espacio icónico; simboliza una apuesta por reconstruir un punto estratégico para el turismo familiar y la reactivación económica del puerto. Donde antes hubo nostalgia y abandono, hoy se coloca una señal de reinversión.
A ello se suman los dos nuevos vuelos desde el AIFA hacia Guerrero, una decisión que abre conectividad, amplía mercado nacional y diversifica rutas para visitantes. No es un dato menor: en tiempos donde el turismo depende también de accesibilidad y costos, conectar mejor al estado significa competir mejor.
Y quizá uno de los gestos más simbólicos fue sacar la cena de gala del encierro convencional para llevarla al majestuoso Fuerte de San Diego, un espacio histórico que por años estuvo subutilizado en la narrativa premium del turismo nacional. Ahí hubo un mensaje político y cultural: Guerrero no solo ofrece playa; ofrece historia, identidad y patrimonio.
Eso cambia la narrativa.
Mientras en otras etapas el Tianguis parecía diseñado para una élite turística desconectada del territorio, en 2026 Acapulco fue reposicionado como protagonista, no como simple anfitrión. Hubo un esfuerzo por integrar imagen, inversión y simbolismo.
Desde luego, un evento no resuelve por sí solo los desafíos estructurales del puerto: seguridad, infraestructura urbana, servicios públicos o promoción internacional sostenida. Pero sí puede marcar un punto de inflexión.
La edición 2026 dejó algo que durante años se reclamó: que el Tianguis no fuera solo escaparate, sino palanca.
Evelyn entendió que no bastaba con recibir; había que intervenir, empujar y aprovechar políticamente el momento para arrancar compromisos concretos. En política turística, eso significa pasar de la administración ceremonial a la gestión transformadora.
Acapulco necesitaba volver a ser noticia por inversión, por recuperación y por visión de futuro, no solo por crisis o nostalgia.
El Tianguis 2026, con sus claroscuros, dejó señales de que el puerto puede recuperar centralidad si sus gobernantes usan los reflectores para construir legado y no únicamente para posar.
Y es que al final, la verdadera diferencia entre un Tianguis elitista y uno útil no está en el tamaño del escenario, sino en lo que queda cuando se apagan las luces y las estrellas rimbombantes se van, como dice Juan Manuel Serrat: cuando "...vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza, y el señor cura a sus misas". Y esta vez, en Guerrero, quedaron más cosas que aplausos.
Julio Zenón Flores
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