CAPAMA, la bandera electoral y los cambios urgentes


Por Julio Zenon Flores
En Acapulco, abrir la llave y que no salga agua se ha convertido en una escena cotidiana. Y detrás de cada tinaco vacío, de cada pipa que llega como salvación momentánea, hay un problema estructural que ningún cambio de director ha logrado resolver en la CAPAMA.
Para la presidenta municipal, Abelina López Rodríguez, el agua no es un tema administrativo más. Es una causa personal. Antes de ser alcaldesa, fue lideresa popular que caminó colonias donde la principal exigencia era el servicio regular y recibos justos. No eran raras sus gestiones cada lunes para conseguir rebajas a familias de escasos recursos. Esa historia explica por qué la crisis de la Comisión de Agua Potable y Alcantarillado del Municipio de Acapulco se convirtió en su talón de Aquiles: no sólo por la gravedad del problema, sino porque golpea directamente una de sus banderas sociales y, además, es la kriptonita que sus detractores usan para frenar sus aspiraciones políticas rumbo a la candidatura de Morena al gobierno estatal.
Sin embargo, la voluntad política no ha bastado. Desde 2021, la alcaldesa ha intentado distintos perfiles en la dirección general. Comenzó con Arturo Latabán, experto en administración pública y rendición de cuentas, ex Auditor Superior del Estado. La apuesta era técnica: orden, transparencia y disciplina financiera. Pero el estilo terminó por imponerse sobre la estrategia. El trato prepotente con trabajadores detonó conflictos internos y su salida.
Después llegó Hugo Lozano. Su gestión destacó en la recaudación; los números comenzaron a mejorar. Pero una cosa es cobrar y otra operar un organismo históricamente fracturado. La falta de coordinación con el área de Finanzas y tensiones internas derivaron en una ruptura que terminó con ambos fuera del organismo. Hoy, la dirección general recae en un perfil más político que técnico, con escaso conocimiento de la compleja problemática operativa y distante de la base trabajadora. El resultado es evidente: menos agua en los hogares acapulqueños.
Y eso ocurre pese al respaldo de la Conagua, que ejecutó obras, programó la construcción de tres pozos radiales en Papagayo I y proyectó un acueducto para fortalecer el suministro hacia la castigada zona poniente. Es decir, infraestructura empieza a haber. Pero el problema de fondo no es sólo hidráulico; es estructural y administrativo.
CAPAMA arrastra viejas inercias: una red obsoleta con fugas constantes, una nómina pesada, pasivos laborales y energéticos asfixiantes, baja eficiencia física y comercial, tomas clandestinas, cartera vencida y una cultura interna más cercana al conflicto sindical que a la productividad. Cambiar directores sin transformar el modelo de gestión equivale a cambiar de capitán en un barco con el casco roto.
Urgen cambios de fondo que premien el mérito y el conocimiento acumulado. En CAPAMA hay trabajadores con décadas de experiencia que conocen cada válvula, cada línea de conducción, cada punto crítico del sistema; saben dónde se pierde el agua y dónde se pierde el dinero. Sin embargo, históricamente han sido desplazados por perfiles externos que llegan con respaldo político pero sin dominio técnico, obligados a intentar milagros administrativos en un terreno que desconocen.
El contraste con León, Guanajuato, es inevitable. Allá, el organismo operador produce alrededor de 2 mil litros por segundo —la mitad de lo que genera Acapulco— para atender a una población cercana a los 2 millones de habitantes, es decir, el doble que la de este puerto. Y no sólo cubre el servicio con eficiencia: reporta una ganancia anual neta que ronda los 2 mil millones de pesos. El sueño de cualquier organismo público descentralizado de agua en el país.
La diferencia no está sólo en la infraestructura, sino en el modelo de gestión. En León apostaron por la profesionalización interna y colocaron al frente a alguien que comenzó desde abajo, que conocía el organismo por dentro, que entendía su operación técnica y su cultura laboral. No trajeron a un externo a “salvarlo”; consolidaron una carrera institucional basada en resultados.
Mientras tanto, en Acapulco, la crisis se volvió bandera política: Ramiro Solorio Almazán , de Somos México, convierte fugas en escenografía: se filma “pescando” en baches inundados para viralizar el problema. Fermín Alvarado y Yoshio Avila de Movimiento Ciudadano, optaron por regalar o vender tinacos a bajo costo, capitalizando la angustia doméstica. Marco Tulio Sánchez, desde Morena, reparte agua en pipas, enviando el mensaje implícito de que el gobierno municipal no puede solo. Todos, a su modo, aprovechan esa narrativa sobre la misma debilidad. El agua, así, dejó de ser sólo un servicio público para convertirse en campo de batalla electoral.
Pero más allá del cálculo político, el desafío es técnico y estructural. CAPAMA necesita urgentemente relevos, pero no solo eso: requiere una reingeniería profunda, autonomía operativa real, profesionalización de mandos medios, acuerdos firmes con el sindicato, inversión sostenida en reducción de fugas y medición, una estrategia integral de cobranza que no castigue a los más pobres pero sí combata la evasión de grandes consumidores, y sobre todo, una política clara de promoción interna basada en mérito.
Abelina López sabe que si no resuelve el agua, el agua puede ahogar su proyecto político. También sabe que, paradójicamente, transformar CAPAMA podría convertirse en su mayor carta de presentación. Solo falta saber si quiere hacerlo, si se atreverá a romper la lógica de nombramientos políticos y apostar por un modelo profesional que ya ha demostrado funcionar en otras ciudades.

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