Acapulco: balas, silencio y mezquindad polìtica

 TRASFONDO

Por Julio Zenón Flores
Las reacciones en el terreno político a la lamentable muerte de la estudiante Melany Gissel Bravo nos dibujaron, sin maquillaje, a una clase política perdida en sus miserables debates por parcelas de poder, ensombreciendo el fondo del problema y combatiendo a quienes se solidarizaron con la víctima y no a los responsables de la cadena de violencia que se vive en Acapulco. Como si los buenos fueran los malos.
Melany fue alcanzada por las balas de criminales que perseguían a un sujeto y que, sin importar que estaban en las inmediaciones del Colegio de Bachilleres plantel 2, siguieron disparando. El saldo es conocido: una joven sin vida, dos estudiantes heridas y un chofer del transporte público muerto. Ese debería ser el centro de la conversación.
Pero no. Parte del debate público se desvió hacia la diputada federal de Morena, Yoloczin Domínguez Serna, quien expresó su solidaridad con la familia y ofreció apoyo directo a través del plantel escolar. No fue solo un mensaje en redes; hubo ofrecimiento de ayuda concreta, acompañamiento real en medio del duelo, respaldo práctico en momentos donde cada gesto cuenta.
La respuesta de algunos actores políticos y de cierta prensa acostumbrada al escándalo fue insinuar oportunismo. Convertir la empatía en sospecha. Colocar bajo juicio al gesto solidario.
Curiosamente, la alcaldesa Abelina López Rodríguez también acudió al sepelio para expresar el pésame a la familia. La Canaco se pronunció condenando los hechos. Y hubo quienes simplemente optaron por el silencio, mirando hacia otro lado. Sobre estos últimos no hubo comentarios mordaces ni columnas incendiarias.
Por alguna razón no relevada públicamente, la vara no fue la misma. Aquí conviene poner las cosas en su sitio. Es bastante válido que la sociedad se mantenga alerta frente al uso político del dolor, porque también es cierto que la carroña se ha enquistado en la nueva clase política, pero también es peligroso irse con la narrativa de que cualquier muestra de solidaridad es cálculo. Porque entonces el mensaje implícito es que lo correcto es callar, esconderse y no involucrarse para evitar críticas.
Y eso es exactamente lo que no necesita Acapulco.
El fondo del problema es la violencia que alcanza a estudiantes en horarios escolares, que deja muertos en rutas de transporte público, que convierte colonias populares en escenarios de persecuciones armadas y no solo en Acapulco, sino en un gran número de ciudades donde no es uno o dos sino una decena de jóvenes los que sufren ese terrible “daño colateral”. Ese es el debate urgente. No la cacería mediática selectiva contra quien decidió no guardar silencio.
Cuando se invierte la lógica y se cuestiona más al que acompaña que al que dispara —o al que calla frente a los disparos— algo está profundamente dañado en nuestra percepción pública.
La tragedia de Melany no debería servir para medir fuerzas políticas. Debería servir para exigir resultados, para revisar estrategias de seguridad y para entender que la solidaridad no es un delito. Y menos aún si se recuerda que la diputada Yoloczin Domínguez Serna, había presentado una ponencia en el auditorio de un Cobach, apenas días antes de la tragedia, sobre el tema de salvar vidas y ayudar a los estudiantes con el tema de la depresiòn, sobre lo cual propuso legislar, en donde ella recibió el respaldo de dicentes y padres de familia.
Porque si llegamos al punto en que expresar apoyo y ofrecer ayuda real se vuelve motivo de ataque, entonces sí estaremos confirmando que, en este puerto, la distorsión ya no es solo en las calles… también está en la política y en esa parte de la nueva prensa, de los nuevos informativos, revolucionados gracias a lo digital y se que carecen de la mínima norma de ética o profesionalismo.

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