2 DE OCTUBRE DE 1968 MATANZA DE TLALTELOLCO Y AYOTZINAPA ¡NUNCA JAMÁS!

ALFREDO PÉREZ ZARATE

Estos momentos de aniversarios funestos de masacres emblemáticas sobre la población en general y estudiantil (68 y Ayotzinapa) parecen propicios para la reflexión, sobre la realidad violenta de aquel tiempo (68) y la vertida en estos últimos 2 sexenios trágicos que nos ha tocado experimentar, lo que terminó por enfermar de miedo y zozobra a toda la sociedad mexicana, planteándose ahora con toda firmeza y determinación de parte del nuevo gobierno federal presidido por AMLO a través de la llamada COMISIÓN DE LA VERDAD, una salida del oscuro hoyo en el que estamos atrapados .

De acuerdo con datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SE-SNSP), hasta diciembre del año pasado 2017, se habían registrado 20 mil 800 homicidios dolosos en todo el país, lo que se tradujo en un repunte sostenido de la violencia.

Si la tendencia se mantiene, estaremos cerrando diciembre del 2018 con poco menos de 56 mil muertes violentas, lo que reflejaría un incremento de un 100 por ciento en relación con la incidencia de homicidios del año 2016.

El dato preocupante es que, en lugar de disminuir, los homicidios dolosos mantienen una tendencia al alza que contradice brutalmente el discurso presidencial que sólo publicita las cosas buenas, aunque las malas cuenten más.

En Guerrero, aunque la administración de Héctor Astudillo Flores ha combatido a la delincuencia organizada, especialmente a las bandas delincuenciales que más daño causaban entre la ciudadanía, seguimos siendo la ciudad más violenta del país y los riesgos de un asalto o un ataque se han disparado en perjuicio de la población económicamente activa (PEA), que es la más vulnerable frente al crimen organizado.

La población trabajadora -comerciantes, empresarios, asalariados, maestros. Burócratas estatales o municipales- están conscientes de que son un blanco para la delincuencia y por ello se sienten más amenazados que la población común.

Empero, se trata de una percepción no del todo cierta pues para los criminales son presas codiciadas también los y las jóvenes, que con frecuencia son víctimas de las redes de trata de personas o de las bandas de secuestradores. Nadie, pues, está seguro. Ni en Acapulco ni en ninguna otra ciudad de Guerrero.

El discurso del gobierno federal cayó hecho añicos ante la brutal realidad económica que refuta, palabra por palabra, las promesas del presidente Enrique Peña Nieto que, con ese pretexto, entregó en bandeja de oro los recursos -especialmente el petróleo- a las transnacionales de la energía, así como entregó la economía al mercado neoliberal, lo que nos tiene ahogados a todos en la más profunda pobreza.

Quedaron muy lejos aquellos años del llamado Milagro Mexicano que, fomentando el mercado interno, impulsó una economía mixta que generó amplios niveles de bienestar entre los segmentos más variados de la sociedad mexicana. Fueron los tiempos de auge de la clase media, que vino a fortalecer a una economía en crecimiento en todo el país.

Esos tiempos, tal parece, jamás volverán en la economía mexicana.
Así las cosas, ni el Estado Mexicano ha cumplido con las expectativas creadas, ni la economía se ha fortalecido, ni ha disminuido la violencia por esta guerra absurda arrancada por Felipe Calderón y continuada por Enrique Peña Nieto.

Por el contrario, cada día que pasa nos terminamos hundiendo más en un abismo de miseria, violencia y desesperanza, lo que termino por manifestarse de las maneras más impredecibles.

Es por eso que, tanto el nuevo gobierno federal de AMLO como la sociedad misma, deben cambiar paradigmas si queremos sobrevivir a esta pesadilla.

En primer lugar el gobierno federal tendrá que revisar su proyecto de gobierno a fondo para determinar si seguirá sirviendo a las transnacionales y a las élites mexicanas, o si trabajara en beneficio de los gobernados, que son nada menos que 120 millones de ciudadanos.

Para el efecto tendrá que revisar sus políticas de seguridad, económica y social para encontrar coincidencias en que prime el interés público por encima de los intereses privados para los cuales trabaja, lo que incluye a las mafias que dominen el jugoso mercado de los productos ilícitos.

La sociedad, por su parte, debe cambiar sus patrones de conducta para generar relaciones de solidaridad orgánica que le permitan exigir a las autoridades el cumplimiento de su obligación fundamental: ofrecer seguridad y justicia a sus gobernados.

Por desgracia tenemos una sociedad civil fragmentada, a veces agazapada, que sólo se preocupa por garantizar el bienestar…pero de sus negocios, particularmente en acapulco la egoísta sociedad civil de la Costera, que es con la que se reúnen los políticos y los servidores públicos.

Para crear estas redes de integración social, hacen falta liderazgos que empujen todos juntos con el fin de establecer vínculos y planes de acción que incluyan a los trabajadores, los asalariados, las víctimas, los desplazados, los pueblos indios, las comunidades mestizas, todos y todas quienes quieran recuperar el Acapulco que perdimos.
Así debiéramos arrancar el próximo 1 de diciembre del 2018: con una nueva mística, con un nuevo empuje, con un nuevo discurso. Aún estamos a tiempo. CONSTE.-

Acapulco, Guerrero 02 de octubre de 2018