El gabinete oculto de Adela Román y su mensaje

Por JULIO ZENON FLORES SALGADO
La cuarta transformación se ha convertido en la frase más pronunciada por cualquiera de los representantes populares electos en el partido Morena, pero en la práctica pocos se han preocupado por preguntarse qué es lo que en realidad significa y cómo habrá de aterrizarse en, forzosamente, el cambio de régimen, que hasta ahora, no se vislumbra en ninguna de las medidas reales que se han anunciado por el patriarca de Morena, el presidente electo Andrés Manuel López Obrador.
Lo que sí tiene claro la mayoría es que esa transformación no puede construirse a partir de la actuación de una sola persona, sino que es necesario que su concepto, en principio, y sus metas y tareas, así como los objetivos, bajen a la sociedad en general, pero antes a los diferentes niveles de gobierno.
De ahí que las actuaciones, en particular o en grupo, de los diputados, senadores, alcaldes y funcionarios de Morena, debieran encuadrarse no solo en formato ético, sino también práctico para ir construyendo esa cuarta transformación.
En relación con Acapulco, la tarea recae en primer lugar en la alcaldesa electa Adela Román Ocampo y debe empezar por reconocer que es una empresa titánica, en un estado gobernado por el PRI, en donde los representantes de la izquierda, muchos de ellos, se han envilecido, en las mieles del poder o han sido cooptados por el poder del dinero u otros poderes menos tersos.
Es un elemento muy importante partir de que la alcaldesa electa no es una persona que se pueda catalogar como contaminada en las pequeñas miserias de la mayoría de los políticos locales que se dicen de izquierda, gracias a que en la última década no estuvo muy cerca físicamente del puerto y a que tampoco estuvo vinculada a las diversas tribus de personajes que bien pudiéramos llamar rábanos (rojos por fuera y blancos por dentro) ni a las esferas del poder que ejerció recursos y perdió la ética en su derrotero, sino que estuvo metida al plano de la justicia, en su papel de magistrada, donde la misión y la visión tienen que ver la gran mayoría de las veces con la aplicación ética de las leyes, normas y reglamentos.
Adela Román aparece pues como un ente confiable para encabezar las labores que se sumen a las nacionales en la construcción de esa hasta ahora utópica Cuarta Transformación. Aparece como alguien por encima de los pleitos de los grupúsculos que se autodevoran en un dantesco escenario de canibalismo para alcanzar una migaja no de la ideología sino del poder, para empoderarse y planear un futuro luminoso para su propio grupo, familiares y amigos. Adela aparece como algo externo, no contaminado.
El problema es cómo hacerle para arribar a la terrenal tarea de gobernar sin mezclarse en la turba que espera por aunque sea migajas de poder.
La tarea fue planteada por el líder de la Revolución Rusa Vladimir Ilich Ulianov en 1917: solo tenemos ladrillos rotos para construir el gran edificio del cambio profundo (en esa época del Socialismo), pero con ellos hay que avanzar, con ellos hay que edificar. No hay más.
De ahí que la alcaldesa Adela Román haya mantenido en casi secreto los nombres de quienes integrarán su gabinete hasta ahora apenas insinuado, filtrado a veces por sus cercanos, no como una infidencia sino como una forma no oficial de consultar, de exponer los nombres al escrutinio público, pues sin duda teme a equivocarse en los nombres, pues si lo hace, ellos podrán llevar al fracaso a su gobierno y quién pagará los platos rotos será ella.
De ahí que a diferencia de AMLO que desde la campaña empezó a dar a conocer nombres de sus propuestas para el gabinete o del propio Antonio Gaspar, alcalde electo de Chilpancingo, que en sus redes sociales va publicitando las figuras que le acompañarán, Adela no lo ha hecho a apenas dos semanas de asumir el poder en Acapulco.
Ella sabe que estará casi sola en esta empresa, que no tiene grupo político, que no tiene ni siquiera un diputado que pueda decirse que sean del mismo equipo y que, en cambio, otros personajes se han apresurado a cooptarlos para trabajar desde ahora en candidaturas futuras, para lo cual no les importará atropellar a la alcaldesa electa, desde ahora vista como peligrosa competencia, en vez de como aliada, y por ende buscan hacerle dar traspiés.
Todos los ojos están fijos en Adela Román, todos esperan con ansias los nombres del gabinete, unos porque esperan alguien conocido que les permita mantener alguna influencia o un empleo, otros para que sea la señal de que el cambio viene en serio, de que va a caminar en los objetivos de López Obrador, con un gabinete no solo leal, sino además capaz y con cierta dosis de honestidad, aunque no siempre sea tomado de la clase política que se siente con derechos, porque ha acuñado más renglones antisistémicos.
De los nombres que se han filtrado no todos tienen una limpia hoja de servicio o buena fama pública. De varios de ellos se conocen pillerías, pero de otros, se sabe que no tienen el perfil para ocupar los cargos a los que se promueven y vienen de un pasado bastante pintado de tricolor. Son, sin embargo, sus amigos, son a los que Adela Román conoce y cree que le pueden guardar alguna lealtad.
La situación que pasa en torno a la alcaldesa electa de Acapulco, me recuerda el momento en que el Excelsior había sido destruido y Julio Scherer fundaba la revista Proceso y preguntaba a alguno de sus allegados, no recuerdo a quien (quizás a Vicente Leñero) que tenía que elegir a los reporteros con quienes se quedarían y había de dos sopas; los expertos, que tenían la desventaja de que estaban algo maleados en cuanto a recibir apoyos gubernamentales (llamados chayotes en la jerga periodística) o los novatos que no sabrían apenas hacer notas y menos el tipo de periodismo de aquel lejano Proceso que hizo historia (muy diferente al de ahora).
En ese momento Scherer eligió a los expertos. Y, como se sabe, el prestigio de la revista premió aquella decisión.
¿A quién elegirá Adela a los expertos a los honestos que no saben?
Enviado desde mi Huawei de Telcel.