domingo, 5 de agosto de 2018

El PRI ante su disyuntiva en Guerrero. Unirse y fortalecer a su gobernador o prepararse para ser partido testimonial


SIMON DICE

Por Julio Zenón Flores Salgado

El PRI a nivel nacional da la impresión de que aún no tiene claro qué hacer para determinar su futuro después del desastroso resultado de las elecciones del 1 de julio que le colocaron en porciones muy minoritarias, junto con el PRD, tanto en la cámara de diputados como la de senadores y con grandes pérdidas en gobiernos estatales y congresos locales.
El pasmo producto de una errada estrategia electora parece tenerlos inmovilizados y mientras tanto, en Guerrero los priistas tampoco se reponen y no han montado una estrategia que les permita cobijar al gobernador priista Héctor Astudillo Flores para garantizarle gobernabilidad los tres años que le restan de su mandato, siendo minoría en el congreso local y en el número de ayuntamientos obtenidos en las urnas.
Las reacciones ante el inminente nombramiento del coordinador estatal del gobierno federal Pablo Amilcar Sandoval Ballesteros, han sido tímidas, no se ha visto una operación política que deje en claro si serán oposición leal o si buscarán el acercamiento para trabajar unidos, al margen de los intereses partidarios de cada uno, gobierno y coordinador, para beneficio de los guerrerenses y para que la prometida cuarta transformación de Morena y Andrés Manuel López Obrador sea aterrizada en proyectos de apoyo a uno de los estados más pobres del país, que más ayuda necesita del gobierno federal y no se convierta en una cacería de brujas y un litigio que haga escasear esos recursos tan necesarios para el desarrollo social.
El PRI tiene que definirse pronto o será engullido por Morena que si trae una dinámica a todo vapor impulsada por el motor AMLO, en la idea de consolidarse a futuro y hacer los cambios necesarios para desmantelar el viejo régimen y fortalecer a Morena como el nuevo partido hegemónico en el país, cuya primera meta es volver a arrasar electoralmente en el 2021, año en que se habrá de elegir gobernador en Guerrero.
En vez de definir ya una estrategia de unidad de las tres corrientes principales del priismo estatal, los tricolores observan impávidos como la propia tía de su dirigente nacional Claudia Ruiz Massieu, busca colocación en el gobierno de Morena en Acapulco y en los pasillos se escuchan tambores de guerra interna. Se buscan traidores, se dice entre ellos, se busca a los que hicieron perder en particular a la joya de la corona de la entidad: Acapulco, a donde se había apostado todo, pero con un insuficiente análisis del impacto de la campaña nacional en los resultados locales.
Hasta ahora solo han visto lo formal, la necesidad de cambiar a los directivos estatal y municipales del PRI, pero sin antes dejar atrás lo ocurrido, entender que la derrota de Acapulco no fue producto de la traición de nadie, sino de la mala estrategia nacional de enfocarse a golpear al segundo lugar de la contienda (Ricardo Anaya y su coalición) descarrilando al segundo y con ellos destruyendo la elección de tercios que se esperaba en Acapulco y sobre la cual se tejió una estrategia para ganar pensando en que Adela Román crecería solo hasta hacer la elección e ntre tres: Taja, Jacko y Adela.
Al romperse la elección de tres, producto de la mala estrategia nacional, en el PRD de Acapulco se desinfló y sus votos migraron a su más cercano ideológicamente hablando, es decir Morena, y los votos trabajados para Taja quedaron ya en tal minoría que competir con Adela era un suicidio.
Pero eso no lo han entendido los priistas, siguen buscando culpables internamente y no han valorado que hoy hay dos hombres que tienen ascendencia sobre el priismo estatal, Héctor Astudillo Flores y Manuel Añorve Baños, pero que deben trabajar como uno solo y establecer una alianza estratégica con el tercero en la cámara de diputados federal, René Juárez Cisneros.
El activo que representó Ricardo Taja Ramírez, quien pese a la ola lopezobradorista pudo mantener los 70 mil votos duros del PRI, pese a los que se fueron con la marejada, gracias a una alianza de amplio espectro, no está siendo aprovechado. No se dan cuenta que el tiempo está en su contra.
No es fácil ni el futuro es color de rosa para el priismo. Es una realidad que no solo perdió estruendosamente las elecciones, sino que está muy dividido, una división que afloró en 1988 con al salida de Cuauhtémoc Cárdenas que se fue a fundar el PRD y cuyos compañeros vinieron después s fundar Morena, una división que tuvo otro latigazo en el gobierno de Ernesto Zedillo persiguiendo a los salinistas y a los colosistas, minimizando además en Guerrero a los ruizmasiustas y que llegó a la elección del 2018 en una confrontación entre Luis Videgaray y Miguel Osorio Chong, que terminó con un candidato externo, José Antonio Meade, acusado de ser el artífice de las desastrosa política económica mexicana y que ahora ha recibido un reconocimiento público de su adversario López Obrador y que arrastró al PRI a su peor derrota, sin menospreciar el crecimiento propio de AMLO, pero los regímenes solo pueden cambiar cuando además del descontento popular, la clase dominante se divide, y eso fue lo que ocurrió.
Los priistas de base hoy no saben qué hacer, los cuadros medios tienen miedo de decir lo que piensan, esperan que los cambios de dirigencia municipal y estatal sean el arranque de un nuevo PRI, que trabaje en una estrategia común con el gobernador, para fortalecerlo y fortalecerse, para revertir los resultados electorales en un oscuro y ya cercano 2021 a riesgo, de no hacerlo, de volverse un partido testimonial, como es la idea de Morena.
Ya veremos!
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